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lunes, 1 de junio de 2026

“Evidencia”, modernidad y el gemelo digital social: la colonialidad renovada

 

El reciente anuncio del gemelo digital social por parte del Ministerio de Capital Humano aparece presentado como una muestra de innovación tecnológica al servicio de la eficiencia estatal.

El discurso oficial asegura que el país “ingresa al futuro” gracias a un modelo digital que permitirá gestionar con mayor precisión las políticas sociales, anticipar comportamientos y optimizar recursos. Sin embargo, cuando se observa este proyecto desde una lente histórica y decolonial, emerge la continuidad de un patrón muy anterior a los algoritmos y a la inteligencia artificial.

Lo que se reactualiza aquí es la larga matriz de la colonialidad: un modo de producir conocimiento, de definir la realidad y de intervenir sobre las poblaciones que viene operando desde la constitución misma de la modernidad occidental.

Como sostuvo Aníbal Quijano, la modernidad no puede separarse del “patrón de poder colonial”[i], una matriz que organiza la producción del conocimiento, jerarquiza saberes y clasifica sujetos en posiciones desiguales. El gemelo digital se inserta de manera precisa en este patrón: produce un cuerpo administrable, monitoreable y traducido al lenguaje de quienes controlan la tecnología.

El gemelo digital social constituye un acto epistémico y político que se inscribe en los albores de la “modernidad occidental”, que separó la razón del cuerpo, la observación de la experiencia, el conocimiento autorizado de los saberes situados.

Desde esa fractura, la modernidad construyó la figura del colonizado. Un sujeto producido por la mirada que lo clasificó, lo ordenó y lo explicó, siempre desde afuera. Esta operación —fundante en la conquista de América y la expansión del capitalismo europeo— estableció quién podía hablar, quién podía interpretar y quién solo podía ser interpretado.

Esa fisura, como indica Nelson Maldonado-Torres, estructura la “colonialidad del ser”[ii], una forma de degradación ontológica que ubica a las mayorías en un lugar de inferioridad epistémica.

Hoy, la lógica del gemelo digital rehace esa escena fundacional con recursos sofisticados. Ya no es la descripción directa del otro, sino la fabricación de un cuerpo digital que pretende sustituirlo. La vida concreta es abstraída, separada de su historia, su territorio y su contexto, para ser reducida a un flujo de datos susceptible de predicción y control. El cuerpo-modelo reemplaza la realidad, la normaliza y la ordena.

Esa operación solo es posible en un régimen donde las élites tecnocapitalistas, en alianza con organismos internacionales y Estados que han renunciado a su soberanía epistémica, se atribuyen el monopolio del saber legítimo. El Estado como gestor de algoritmos administra a la población con decisiones políticas que son el resultado de un modelo de simulación.

La expansión del discurso de las “políticas basadas en evidencia” forma parte del mismo proceso. Lejos de ser un principio científico neutral, constituye un mecanismo de legitimación que se sostiene en la idea de que existe un único modo válido de conocer.

Esta visión de las “políticas basadas en evidencia” —concepto que llegó a Latinoamérica de la mano de la OCDE, el Banco Mundial y diversos think tanks que operan como promotores de un mismo sentido común— establece la idea de que sólo los datos pueden orientar las decisiones públicas, y que todo lo que no es medible carece de validez. Este argumento, que se pretende científico, oculta su propia historicidad. La “evidencia” es un artefacto producido dentro de una estructura de poder. Lo que se mide, cómo se mide y qué autoridad valida esa medición son decisiones políticas, aunque se presenten como criterios técnicos.

Las pruebas PISA son un ejemplo paradigmático. Se ofrecen como instrumentos globales para evaluar la calidad educativa, pero su misión no es describir la pluralidad de experiencias pedagógicas, sino producir un tipo de sujeto escolar, laboral y social funcional al orden económico hegemónico.

PISA no evalúa: configura, recorta la diversidad; fabrica la realidad según parámetros construidos en los intereses corporativos empresariales, bajo el ropaje de la objetividad. La OCDE impone estándares que se convierten en condiciones de posibilidad de las políticas educativas nacionales. Los sistemas que no encajan en este molde quedan etiquetados como atrasados y los que intentan resistir se clasifican como irracionales.

Este marco es clave para entender el lugar del gemelo digital social. La tecnología viene a completar el proceso de abstracción, clasificación y administración que la evidencia ya había inaugurado.

La simulación algorítmica funciona como una actualización de la estadística colonial: la operación de convertir la vida en dato, el cuerpo (del otro) en parámetro medible y la conducta en variable predecible. En nombre de la eficiencia se reconstruye la vieja lógica de la vigilancia, y en nombre de la innovación se reactiva el viejo hábito de tramar los destinos de las mayorías desde criterios fijados por minorías que nunca son interpeladas.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas. La política se vacía de contenido colectivo y se llena de argumentos técnicos. Los conflictos se disuelven con la promesa de que el algoritmo puede resolverlos mejor que la participación colectiva, siempre vista como amenaza por las elites.

La desigualdad aparece como un pequeño desajuste del modelo, nunca como resultado de un orden social injusto. Y la ciudadanía queda reducida a un conjunto de datos que deben ser corregidos, monitoreados o anticipados.

La colonialidad digital requiere, para consolidarse, de esta ficción de verdad objetiva. La evidencia —producida por las minorías— hace que el algoritmo se constituya como autoridad incuestionable. Queda así reinstalada la superioridad epistémica del neocolonialismo tecnológico, bajo un nuevo sesgo civilizatorio: la estandarización; la modelización y la captura de los datos que expresan la vida.

La expansión del capitalismo digital encuentra aquí su terreno fértil. Si el capitalismo mercantil se apropió de tierras, y el industrial de cuerpos y fuerza de trabajo, el capitalismo algorítmico se apropia de datos y de los modos de producir sentido. La información personal —convertida en insumo estratégico— es tratada como propiedad privada de las corporaciones para orientar la conducta humana, prever decisiones y moldear deseos.

En este contexto, el gemelo digital social es un paso más hacia la consolidación de un orden donde la soberanía epistémica queda desmantelada y la vida colectiva es gestionada desde lógicas coloniales opuestas a los intereses de emancipación. Es una pieza en el engranaje que busca convertir la complejidad social en una variable gobernable, clausurar el conflicto, desactivar la historia y reducir la libertad a un margen de maniobra dentro de modelos que nadie eligió.

Frente a este panorama, la crítica no puede limitarse a señalar los problemas técnicos del proyecto o la improvisación del gobierno. Lo que debe ponerse en cuestión es la estructura misma que permite que dispositivos como este aparezcan como inevitables. Hay que disputar la narrativa de la evidencia, desmontar su supuesto carácter universal, recuperar la densidad histórica de las epistemologías que la modernidad intentó borrar y reponer al pueblo como sujeto capaz de producir conocimiento sobre sí mismo, es una tarea de carácter antropológico para ser los decididores de nuestro futuro y no las elites, ahora de la mano del tecno-colonialismo.

La lucha no es contra la tecnología sino contra quienes esgrimen un falso derecho de propiedad (digital) para reafirmar su derecho a decidir por todos.

En última instancia, la disputa es por la capacidad de nombrar el mundo. Por la posibilidad de reconstruir los marcos de inteligibilidad desde los que se piensa la vida colectiva. Cada vez que una política pública se justifica por la evidencia o se implementa mediante simulaciones, se desplaza a las mayorías del lugar desde el que pueden intervenir en la producción de sentido. Y esa es la operación fundamental de la colonialidad: convertir a los pueblos en objetos de saber, y no en productores de él.

El desafío consiste en revertir esa escena fundacional donde el colonizador produce al colonizado como su negación, por aquello de que reafirma sus derechos en tanto se los niega al otro. En devolver a los pueblos su derecho inalienable a interpretar lo que vive, a narrar lo que le sucede, a construir colectivamente los criterios que orienten las decisiones públicas. Ese derecho no puede continuar siendo sojuzgado y mucho menos ser reemplazado por ningún modelo matemático, por más sofisticado que sea.

El gemelo digital social, con su retórica de precisión y eficiencia, nos invita a pensar que el futuro ya está escrito e impreso.

Pero es justamente ahí donde se vuelve urgente afirmar lo contrario: el futuro es una construcción colectiva que ningún algoritmo puede predecir. Combatir la colonialidad digital es un acto de defensa de la vida.

El problema no es tecnológico, es ontológico, epistémico, político y, por sobre todo, ideológico porque lo está en disputa es quién tiene derecho a producir la realidad. En el contexto actual el gemelo digital funciona como un avatar poblacional, una figura sintética que “representa” la dinámica social pero sólo bajo la lógica que la produjo, como siempre dominada por los criterios de exclusión, xenofobia y racismo.
Y mientras las tecnologías sigan en manos de las elites que heredan la lógica de la conquista, la “evidencia” no será más que la coartada seudocientífica de un orden colonial que se reinventa en cada época para ejercer el derecho de propiedad, con este proyecto anunciado, sobre nuestro gemelo digital; o mejor: ese otro a re-colonizar en la dimensión tecnológica.

Como planteaba Walter Mignolo, las alternativas no provienen de una mejor técnica, sino de “desobediencias epistémicas”[iii] que cuestionen la autoridad de las narrativas universales.


[i]Aníbal Quijano, “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, CLACSO, 2000.

[ii]Nelson Maldonado-Torres, “Sobre la colonialidad del ser”, Revista Crítica de Ciências Sociais, n.º 80, 2007.

[iii]Walter Mignolo, “Desobediencia epistémica: retórica de la modernidad, lógica de la colonialidad y gramática de la descolonialidad”, Tabula Rasa, n.º 12, 2009.

Publicada en Huella del Sur 31/5/2026

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