El reciente informe “Ocupación futura” publicado por Argentinos por la Educación sobre las expectativas laborales de los adolescentes argentinos, en un ranking comparado, vuelve a desplegar una matriz discursiva conocida: diagnosticar como problema escolar aquello que es producto de las transformaciones estructurales del capitalismo.
Esta operación no es nueva: como ya desarrollamos en artículos anteriores publicados en Huella del Sur —La crisis educativa como pre-texto reformista y espejo de la desposesión social (19/04/2026) y Detrás de la noticia: una encuesta, una ONG y la pedagogía mediática (29/03/2026)— se trata de una estrategia recurrente para convertir en “déficit educativo” lo que es, en realidad, consecuencia directa de procesos de desposesión social y precarización crecientes.
La hipótesis que sostiene el documento es simple, casi rudimentaria: los jóvenes “no saben qué quieren ser”, y esta falta de definición generaría un riesgo sobre su futuro laboral. PISA (Programa para la evaluación internacional de estudiantes, por sus siglas en inglés) pregunta sobre la expectativa laboral que los estudiantes esperan tener a los 30 años y las respuestas ausentes o imprecisas se consideran indicio de incertidumbre, según nos aclara el informe. Lo que se muestra en el primer gráfico del informe es que el aumento de lo que PISA definió como “incertidumbre” es común a todos los países rankeados.
El énfasis está puesto en un crecimiento porcentual que para Argentina asciende al 52% de lxs estudiantes de 15 años que no puede identificar una ocupación (de las propuestas en la prueba estandarizada) concreta para su vida adulta, según los datos de la prueba PISA 2022 sobre los que se realiza el informe.
En apariencia, se trata tan solo de un indicador internacional más, procesado y traducido a titulares alarmistas. Se oculta un dispositivo de legitimación mucho más profundo, toda vez que se cristaliza la narrativa global gestada por los propios organismos como la OCDE, el Banco Mundial o el Foro Económico Mundial, la UNESCO, que desde hace más de dos décadas vienen instalando la idea de que el futuro del trabajo es incierto, volátil e impredecible.
De allí emergen frases ya instaladas en el sentido común: “la mayoría de los trabajos del futuro aún no existe”, “la escuela no prepara para empleos inciertos”, “los jóvenes deberán adaptarse a un mundo cambiante”. Hay una estrategia política clara para convertir la precarización en destino inevitable y en ese marco, la flexibilización laboral debe ser una virtud.
La incertidumbre, producida discursivamente por los mismos actores que impulsan la flexibilización laboral y la desregulación económica, es presentada ahora como una falla educativa, como una carencia psicosocial del adolescente y, por lo tanta, como un déficit de la escuela pública.
La realidad que el informe no puede mirar: política, ajuste y futuro
La multitudinaria 4ta. Marcha Universitaria, mostró con una claridad que ningún indicador tecnocrático puede opacar, que los jóvenes sí están pensando su futuro. Entre las columnas no sólo se movilizaron docentes y estudiantes universitarios, sino también una cantidad notable de adolescentes que aún no ingresaron a la universidad. Esos mismos adolescentes que el informe de Argentinos por la Educación clasificaría como “inciertos” respecto de su ocupación futura, marchaban porque comprenden la condición básica para cualquier horizonte de vida, y eso es la defensa activa de la educación pública.
Lejos de ser sujetos desorientados en busca de una brújula vocacional, se muestran como protagonistas políticos que entienden que sin universidad y educación públicas no hay futuro posible. Su presencia masiva desmonta de hecho la operación conceptual de informes como el que estamos analizando y los analizados en las notas citadas al principio de este artículo; la incertidumbre no es psicológica ni escolar, es una idea implantada dentro del campo semántico construido para operar en el dispositivo estructural de desposesión.
Y esa producción de incertidumbre (vernácula) tiene nombre propio. El ajuste fiscal, impulsado por el señor presidente, impactó brutalmente sobre todo el sistema educativo. En un gesto de abierta provocación, un día antes de la movilización por el cumplimiento de la ley de financiamiento de las universidades, el gobierno emitió un decreto que recortó más de 78.000 millones de pesos a la Secretaría de Educación, dentro de un tijeretazo general de 2,5 billones del Presupuesto nacional para cumplir con las exigencias (fraudulentas) del FMI.
Programas esenciales fueron desfinanciados: el Plan Nacional de Alfabetización perdió más de 35.000 millones; el Fondo de Compensación Salarial Docente fue eliminado, profundizando desigualdades entre las provincias; y las obras de infraestructura escolar y universitaria sufrieron una caída del 46% en su financiamiento.
Las universidades nacionales —como la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad Nacional de San Martín, la Universidad Nacional de Avellaneda, la Universidad Nacional de Río Cuarto y la Universidad Nacional de Entre Ríos— vieron suspendidos proyectos centrales. El recorte a Educ.ar S.A. y a políticas socioeducativas redujo becas, dispositivos de inclusión y recursos pedagógicos indispensables.
Mientras los informes insisten en medir la “incertidumbre” de los adolescentes, el propio Estado nacional produce condiciones materiales que vuelven incierto el futuro educativo de millones. Pero esa incertidumbre estructural —producto de decisiones macroeconómicas, no de supuestas fallas escolares— queda sistemáticamente fuera del marco interpretativo de PISA y de sus repetidoras locales.
Frente a este panorama, la presencia activa de adolescentes y jóvenes en la calle desmiente las categorías con las que se los pretende diagnosticar y señala dónde está la verdadera pregunta que el informe no se hace y no puede hacerse.
El origen de la incertidumbre
La operación ideológica es transparente: en lugar de indagar en las condiciones reales del mercado laboral —precarización estructural, informalidad creciente, automatización, desindustrialización, desigualdad— el informe de AxE desplaza la causalidad hacia el interior de la escuela. Se sugiere así que la incertidumbre proviene de una supuesta falta de orientación vocacional, y no del orden económico que convirtió el trabajo en un campo de inestabilidad permanente.
El propio informe afirma que “la incertidumbre no se distribuye de manera homogénea: se concentra especialmente entre estudiantes con bajo desempeño académico y de menor nivel socioeconómico”. Así, la desigualdad material queda traducida como déficit vocacional. La pobreza deja de ser una condición estructural para convertirse en un problema subjetivo. De este modo, lo que debería ser una denuncia contra la desigualdad se transforma en una instrucción para la escuela que queda reducida a ocuparse de disminuir la “incertidumbre”, no de comprender sus causas. La operación se ajusta a convertir la desigualdad en un problema psicológico y exigirle a la escuela que regule sus efectos.
Organizaciones locales como AxE funcionan como repetidoras y legitimadoras de esa narrativa global. Los informes, elaborados por esta ONG conformada y financiada por CEOs, fundaciones empresariales y consultoras afines, transforman en “diagnósticos educativos” lo que es el eco local de una agenda escrita para ubicar a la escuela pública como institución obsoleta e incapaz de resolver estas problemáticas y a la sociedad como rehén de un futuro de mercado imprevisible.
Los mismos actores que producen la incertidumbre global son los que exigen a la escuela que resuelva las consecuencias subjetivas de esa incertidumbre, dejando la pobreza como dato estadístico. Esta es la matriz de lo que advertimos como esquizofrenia argumentativa, un discurso que se contorsiona sobre sí mismo para esconder su carácter político bajo una retórica pseudo-técnica emanada de la pedagogía instrumental.
La pregunta que el informe debería hacerse —pero no puede— es sencilla:
¿Cómo podría un adolescente definir su futuro laboral si el propio mundo empresarial y sus representaciones internacionales proclaman que las ocupaciones del mañana aún no existen?
A ello se suma otra pregunta igual de elemental y, sin embargo, sistemáticamente omitida:
¿Cómo podría hacerlo un adolescente que vive en condiciones de pobreza, cuando para estos informes —tanto los de AxE como los de programas estandarizados como PISA— la pobreza no es más que un dato estadístico despojado de historia, estructura y responsabilidad política?
Reducida a una variable, la pobreza aparece como un atributo del estudiante y no como el producto de un orden económico que restringe materialmente las posibilidades de proyecto, deseo y futuro. Suprimir ese contexto permite que la desigualdad se lea como problema individual y que el diagnóstico recaiga, otra vez, sobre la escuela pública.
La imposibilidad de formular estas preguntas es lo que empuja a los informes a desplazarse hacia el terreno más dócilmente accesible para denostar en el imaginario social a la escuela pública. En lugar de un análisis desde la pedagogía crítica —como los venimos haciendo—, exponen la ingeniería de indicadores. La psicología barata del rendimiento enmascara las problemáticas sociales que se manifiestan en la escuela. La desigualdad aparece travestida de “incertidumbre” de los que menos tienen, de los vulnerados por este sistema.
PISA es una máquina de subjetivación
PISA es un actor central en la legitimación técnica de estos discursos. Aunque es presentado como un instrumento “neutral” para evaluar aprendizajes, PISA se ha transformado en una poderosa herramienta de fabricación de sentido, cuyas preguntas construyen aquello que después se interpreta como realidad educativa.
PISA fue creada por la OCDE para “medir” (supuestas) competencias específicas, que la propia OCDE inventó y naturalizó como universales —en realidad funciona dentro de la lógica extractivista para obtener información de los países “examinados”— no para examinar estados vocacionales de adolescentes. Sin embargo, al incluir preguntas sobre el futuro laboral, las transforma en norma. Si PISA pregunta “qué querés ser”, no responder se vuelve automáticamente una falla, no porque lo sea, sino porque el instrumento produce la categoría misma de normalidad y así es tomada por el informe de AxE.
PISA funciona como máquina de subjetivación porque instala la expectativa de que a los 15 años debe existir un proyecto laboral definido; naturaliza un modelo de sujeto adaptado al capitalismo de la empleabilidad; normativiza la figura del individuo-empresa, obligado a preparar su futuro como una startup personal. Diseña aquello que la filósofa Angélique del Rey llamó, “Hombre sin atributos”, un concepto que establece la gran paradoja: “dejar de ser para ser” o dicho de otra manera, dejar las aspiraciones, los deseos, las propias inquietudes, nuestra historia para “ser” lo que el mercado necesita; de eso se trata la “educación por competencias”.
El informe de AxE reproduce exactamente esta lógica. Cuando un adolescente responde “no sé”, el informe ve un riesgo. Donde hay vacilación propia de la edad, el informe diagnostica déficit. Así, la falta de respuesta deja de ser una posibilidad legítima para convertirse en un problema que la escuela debería resolver; porque dentro de la esquizofrenia capitalista lxs adolescentes a los 15 años ya deberían saber lo que el mercado quiere que ellos sean.
Pero el problema, que en principio libra una batalla conceptual, también es político-económico.
La producción y operación de PISA involucró durante años a Pearson PLC, una de las editoras y corporaciones educativas más influyentes del mundo. Y la figura más visible del programa, Andreas Schleicher, vinculado tanto a la OCDE — actual director de Educación y Competencias— como a espacios de asesoramiento asociados a Pearson. Los dos lados del mostrador: el diseño de la métrica y la industria que se beneficia de su adopción masiva. Pearson factura cientos de millones de euros a los Estados para entrar en el ranking PISA.
El negocio global de la evaluación estandarizada generó para Pearson ingresos por casi 2.000 millones de euros en 2023, dentro de los cuales se inscriben —sin desagregación ni transparencia— los aportes de los Estados que participan en PISA. La imposibilidad de conocer cuánto paga cada país expresa la naturaleza estructuralmente opaca de esta gobernanza educativa transnacional, donde el dinero público alimenta dispositivos privados de medición psicométrica que operan como tecnologías de subjetivación y abonan la colonialidad del saber.
Como demostraron especialistas críticos, incluido el matemático danés, Svend Kreimer, profesor de estadística de la Universidad de Copenhague, la construcción técnica de los ítems de PISA es manipulable: variando el banco de ítems, la ponderación y la dificultad cultural relativa, un país puede ascender o descender en el ranking sin que haya cambiado absolutamente nada en sus aulas. En el mismo sentido, investigadores de la Universidad de Oviedo han realizado un estudio sobre las pruebas PISA en el que encuentran errores en la elaboración de los cuestionarios; advierten sobre el sesgo cultural —que no fueron capaces de eliminar los técnicos del programa—; resultados contradictorios y dificultades en el seguimiento longitudinal; explicaciones insuficientes ante resultados inesperados. Y, justamente, por estas descripciones críticas sobre PISA y especialmente en este caso, por el último concepto, “explicaciones insuficientes ante resultados inesperados”, es que tenemos que hacer el análisis crítico sobre la maquinaria estandarizada de la OCDE y llamar la atención sobre el informe de AxE.
Las pruebas nacionales “Aprender” replican el mismo principio: reducen la riqueza pedagógica a un rendimiento mensurable (en una fotografía) y convertibles en titulares mediáticos. Lo que no se mide desaparece —las condiciones materiales de producción de los estudiantes— y lo que se mide —la incertidumbre— coloniza el sentido mismo de la educación pública.
La escuela como chivo expiatorio
En este esquema, la escuela es presentada como una institución que no produce resultados de acuerdo con las expectativas del mercado. La ecuación es simple: si los adolescentes no saben qué ser es porque la escuela no los prepara. Pero esta ecuación funciona únicamente si se acepta la premisa esquizofrénica de que la función de la escuela es anticipar y direccionar trayectorias laborales individuales en un mercado laboral que los mismos organismos internacionales definen como “incierto”.
El informe de AxE diagnostica esa “incertidumbre”; los medios la amplifican; la escuela queda como responsable; de lo que se sigue que se justifiquen más reformas que la subordinen aún más al mercado, como hemos mostrado, recientemente, en De la escuela pública al adoctrinamiento corporativo.
En este círculo, la educación aparece sólo como problema, nunca como víctima de políticas económicas que la desfinancian, la vacían de sentido y contenido y la fuerzan a responder a exigencias esquizofrénicas.
Los medios como multiplicadores acríticos
La cobertura de los grandes medios completa el mecanismo. Titulares como “Los jóvenes no saben qué quieren ser” o “La mitad de los adolescentes sin rumbo” toman el informe como verdad revelada. No hay contextualización, no hay historicidad, no hay análisis crítico. Se reproduce así un diagnóstico que funciona como justificativo para nuevas intervenciones “salvadoras”.
Los medios no se preguntan —porque no pueden o no quieren (y porque algunos forman parte)— por qué sería problemático que un adolescente no defina su ocupación futura. No se preguntan qué tipo de subjetividad están promoviendo. Y tampoco se preguntan cómo se relaciona este tipo de informes con la agenda de reformas estructurales que vienen impulsando las ONGs empresariales desde hace más de tres décadas.
Lo que vende son los titulares: “Los chicos no saben qué trabajo tendrán”, “La escuela no prepara para lo que viene”. Nadie revisa la evidencia, nadie interroga quién produce ese discurso, nadie confronta las fuentes de su financiamiento ni su alineación con la agenda de reforma educativa neoliberal. El contenido se presenta como verdad técnica, cuando en realidad es una pieza comunicacional destinada a responsabilizar a la educación pública por un futuro que no controla.
La incertidumbre es una herramienta gubernamental que administra la percepción del futuro. Se forma así un tipo de subjetividad ideal para un mercado desregulado. Lxs jóvenes deben aceptar como natural la inestabilidad y concebir la flexibilidad —esa palabra amable con la que se disimula la pérdida de derechos— como competencia personal y no como retroceso social. Convertir el malestar en desafío individual es uno de los mecanismos ideológicos más efectivos de este tiempo.
La incertidumbre como mercancía discursiva
En definitiva, el informe de AxE no describe una realidad juvenil. Construye un problema donde hay un síntoma social y responsabiliza a la escuela por un fenómeno producido fuera de ella; y propone soluciones que refuerzan la dependencia del sistema educativo respecto de los estándares globales del mercado.
La incertidumbre —ese estado que los organismos internacionales han convertido en principio de organización del mundo del trabajo— reaparece aquí como objeto de medición, alarma y disciplinamiento simbólico. Primero la producen, luego la diagnostican y finalmente la proponen como insumo para reformas.
Frente a ese proceso, la escuela pública aparece como obstáculo, porque ofrece algo que el mercado no tolera: contexto, historicidad, mirada crítica y condiciones de igualdad simbólica. De ahí la insistencia en declarar su obsolescencia. Si la escuela pública es el primer espacio donde puede discutirse el orden social que produce incertidumbre, entonces hay que debilitarla, acusarla, reemplazarla por dispositivos “más ágiles”, más “modernos”, más “alineados con las demandas del siglo XXI” (demandas fabricadas por los mismos actores que financian o promueven estas ONGs).
El documento de la UNESCO, que surge luego de la reunión con ministros de educación en el marco del diálogo “Aprender hoy, liderar mañana” potencia lo que venimos describiendo: “Los jóvenes deben adaptarse a entornos que cambian con rapidez. Para 2030, la automatización podría sustituir 90 millones de puestos de trabajo, pero también generar otros 170 millones nuevos (…) La educación debe mantener el ritmo. Debe anticiparse a los cambios y preparar a los alumnos no solo para el ámbito laboral, sino para un futuro caracterizado por la transición”; es decir, caracterizado por ¡la incertidumbre!
Por otra parte, y sintéticamente, “aprender hoy, liderar mañana”, condensa la idea individualista del modelo reformista del “éxito o el fracaso” personal como una cuestión subjetiva despojada del contexto socioeconómico, reducido a dato mensurable. Caben dos preguntas básicas: ¿Qué ocurre con quienes no se conviertan en líderes de este modelo? ¿Qué implica convertirse en líder, ser exitoso o un idiota útil, servil a los intereses del capital?
La tarea crítica, entonces, es desmontar la arquitectura discursiva que sostienen este tipo de informes y reponer la discusión donde debe estar, que no es la supuesta falta de definición de los adolescentes, sino en la violencia estructural de un orden económico que exige certeza subjetiva en un mundo palmariamente incierto.
Si se acepta sin discusión la tesis de que la escuela está fallando porque los adolescentes no saben qué trabajo tendrán, entonces habrán ganado —una vez más— quienes diseñan un horizonte social donde ni siquiera está permitido hacerse la pregunta por las condiciones mismas de ese futuro y peor, por el presente, que paradojalmente, solo tiene entidad en la incertidumbre de un futuro promisorio pero más incierto aún, según las premoniciones de los obsoletos organismos internacionales, tal como lo afirma la UNESCO.
Y esa es, justamente, la trampa discursiva que hay que desarmar para desnudar la operación, porque lejos del diagnóstico el informe de AxE produce sentido, organiza el relato y administra la incertidumbre para capitalizarla políticamente. Todo esto mientras se erosiona la legitimidad de la escuela pública, única institución que todavía puede cuestionar, enseñar a leer críticamente y disputar el futuro en clave colectiva; si vencemos la reforma neocolonial que disuelve lo público o lo transforma en negocio.
Salir del entramado colonial supone la emancipación de estos dispositivos que sumieron en la crisis a la educación desde su repertorio teórico surgido en los escritorios de los organismos internacionales transformado en recetario de políticas mercantilistas y privatistas impulsadas por ONG’s y fundaciones empresariales y compradas por los gobiernos variopintos en clave de créditos (deuda externa) multimillonarios del BID y el Banco Mundial.
Abrir un gran debate motorizado ya por las movilizaciones universitarias, las luchas docentes en todos los rincones del país y en defensa de la educación pública, que multiplique las asambleas escolares, las clases públicas en las facultades y con la comunidad educativa en su conjunto, en las que circule la información y la reflexión crítica con el objetivo de llegar a un amplio congreso pedagógico desde abajo con docentes y estudiantes, sobre el sentido de la educación en función de una profunda transformación social, económica y cultural por fuera del anclaje de la barbarie colonial – capitalista —y sus dispositivos de anclaje ideológico, político y de fraude crediticio— es urgente y necesario para lograr aquello de otro mundo mejor es posible.
Imagen de portada: generada con IA
Publicada en Huella del Sur 15/5/2026


