Definir “juventud” dista mucho de las nociones biologicistas o de una delimitación cronológica con apariencia de neutralidad. Nos encontramos, ante todo, frente a un acto político de delimitación de poder y control social; una operación semiótica donde las edades funcionan como dispositivos de sujeción para garantizar la reproducción del orden establecido.
En la gramática del poder, la categoría “joven” se construye a menudo para situar al sujeto en una zona de tránsito permanente, una moratoria donde su presente es negado en función de un “deber ser” adulto que resguarde las estructuras de dominación.
Para desarticular este discurso hegemónico, resulta fundamental recurrir a la estructura triádica de Charles S. Peirce1, aplicada en el análisis sociológico por Pablo Molina Derteano2. En este esquema, el Signo (la palabra “Juventud”) y el Objeto (los sujetos reales, los jóvenes) sufren un “desacople” intencionado. Este hiato es llenado por un Interpretante específico: el “enfoque de las falencias“.
Bajo esta lente, las dificultades de las nuevas generaciones no se explican por las contradicciones estructurales del capitalismo, sino por supuestas carencias intrínsecas del individuo. Este “desacople” es la piedra angular que legitima el tratamiento neoliberal del joven como “grupo vulnerable”, convirtiendo un problema de desposesión sistémica en una patología individual que justifica el ajuste y las variadas intervenciones tutelares.
Esta tensión se manifiesta en lo que Taguenca Belmonte denomina la dialéctica entre la “juventud construida por los adultos” —orientada a la sumisión y la reproducción institucional— y la “juventud autoconstruida”, aquella que emerge desde la rebeldía y la búsqueda de autonomía frente a la cultura dominante.
En el ámbito escolar, esta disputa es tangible. Como bien señaló Pierre Bourdieu3, la institución educativa opera muchas veces como el espacio donde se internaliza la “doxa” —conjunto de creencias, valores y reglas sociales que se dan por sentadas y no se cuestionan—; que funciona otorgando sentido común a los límites sociales que enseña a los sectores populares a reconocer sus “techos” de clase como destinos naturales.
En este marco, el control de las trayectorias vitales revela que, tal como postulara el sociólogo francés: “la edad es un dato biológico socialmente manipulado y manipulable”.
Esta manipulación del tiempo vital encuentra hoy su brazo ejecutor en la “pedagogía mediática”, una maquinaria expulsiva que opera para fijar sentidos punitivos sobre el cuerpo juvenil.
La “Pedagogía Mediática” y la fabricación de la apatía
En la actualidad, asistimos a una forma de comunicación pública —sobre todo en los medios hegemónicos— que universaliza los diagnósticos punitivos bajo la apariencia de rigor estadístico para influir en la conciencia social.
Una maquinaria que no busca informar, sino fabricar un estigma de “apatía generalizada” que despoje a los jóvenes de su potencial disruptivo y los presente ante la sociedad como sujetos moralmente evaluables y despolitizados.
Un ejemplo paradigmático de esta operación discursiva lo hemos mostrado en un artículo4 con relación al informe del Observatorio Pulsar y la Asociación Conciencia. En marzo de 2026 los titulares hegemónicos sentenciaron: “7 de cada 10 jóvenes no se interesan por la política”.
Sin embargo, cuando deconstruimos la “operación estadística”, la manipulación queda al descubierto. La representatividad real se realiza sobre un recorte de 2.494 casos, presentado como una verdad nacional incuestionable, aunque represente apenas el 0,09% de un universo de 2.780.000 jóvenes. Transformar un muestreo ínfimo en un diagnóstico universal es un acto de deshonestidad intelectual al servicio del poder.
En la encuesta aparece un sesgo etario deliberado.Casi ocho de cada diez encuestados (78%) tienen 16 o 17 años, segmento para el cual el voto no es obligatorio. El peso de este grupo arrastra el promedio hacia la supuesta indiferencia, invisibilizando deliberadamente el interés del segmento de 18 y 19 años, ya inserto en otras realidades ciudadanas.
La trama detrás de este informe revela un conflicto de interés escandaloso. Al analizar a los aliados de la Asociación Conciencia, encontramos un entramado corporativo que incluye al sector energético (Pampa Energía, Axion), la banca (BBVA, Galicia) y los gigantes tecnológicos (Google). Resulta ofensivo que Conciencia pretenda promover una “ciudadanía responsable” y combatir el trabajo infantil mientras mantiene alianzas estratégicas con la Cámara del Tabaco de Salta y la Cámara del Tabaco de Jujuy, sectores empresariales directamente vinculados a la precarización y explotación de la niñez y la juventud.
En concreto, detrás de la noticia, la apatía juvenil generalizada que imponen los medios desde una poco representativa encuesta, podemos interpretar que esos jóvenes plantean una sospecha crítica del sistema que los degrada como “desinteresados”.
Este desapego mediático es, en rigor, la “politización de la sospecha” de un sistema que profundiza la exclusión.
La clasificación de los cuerpos: el “pre-texto” de la crisis y las etiquetas escolares
La manipulación del signo “juventud” no se detiene en la superficie de la prensa masiva; también se manifiesta dentro de algunas de las propias instituciones que lxs jóvenes transitan.
El dispositivo se despliega cuando la escuela, lejos de operar como un espacio de resistencia simbólica, claudica ante las caracterizaciones de la doxa e internaliza las lógicas clasificatorias del orden dominante.
Como hemos analizado en relación con la producción de la crisis educativa como pre-texto reformista5, el poder económico necesita diagnosticar el déficit educativo para invisibilizar lo que, en realidad, son procesos de desposesión social y precarización crecientes. Un ejemplo paradigmático de esta operación es el informe Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares, publicado en abril de 2026 con base en relevamientos del año anterior sobre el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA).
Este estudio fue realizado por dos instituciones que se presentan bajo retóricas de equidad y diálogo democrático: Fundar —un think tank tecnocrático respaldado por corporaciones y organismos internacionales como el Banco Mundial, la Open Society Foundation y la CEPAL— y el Instituto Universitario CIAS, centro jesuita patrocinado por grandes capitales como OSDE, Banco Galicia, Telecom y Arcor.
El informe releva el abandono escolar y la sobreedad en sectores vulnerados previamente sin embargo no dice que el abandono escolar y la sobreedad son las manifestaciones palpables de la vulneración social producto de las políticas socioeconómicas imperantes.
El estudio enfoca y sistematiza la percepción de algunos docentes y directivos para encasillar a las juventudes en tres categorías rígidas.
Los “comprometidos”: son lxs estudiantes que sostienen la expectativa de “salir de ahí” a través del esfuerzo individual. El relato celebra esta mirada para reactivar el mito del ascenso social, ignorando que los márgenes de exclusión son incentivados por el propio modelo político.
Los “desconectados”: jóvenes retratados despectivamente bajo la metáfora de “zombies con la visera baja o mirando el celular todo el día“. El informe traduce como desinterés subjetivo lo que en realidad es la fractura social de una presencia obligada pero despojada de horizonte.
Los “conflictivos”: calificados como “bravitos, de miradas duras” e “ingobernables“, a quienes se acusa de desafiar la autoridad. Se omite que la impugnación de la autoridad es propia de la juventud y se naturaliza la exclusión.
Esta taxonomía no se queda en las aulas; la pedagogía mediática la recoge de inmediato para clausurar la responsabilidad del Estado. Diarios como Infobae retoman estas tres categorías bajo titulares alarmistas como “Más control en casa, menos aprendizaje en la escuela“, desplazando la culpa hacia las familias y presentando como solución la intervención de la sociedad civil corporativa.
Es allí donde el diagnóstico de la crisis justifica los procesos de privatización encubierta a través de la incursión de plataformas privadas como la Coalición por la Educación, impulsada por redes empresariales como Potenciar Argentina y Pollera Pantalón, financiadas por bancos, la Red de Acción Política y fondos internacionales como la NED vinculada a la CIA.
La operación se cierra de manera perfecta: el saber tecnocrático produce la etiqueta, la escuela internaliza la doxa clasificatoria, los medios masivos la universalizan y las ONGs empresariales aparecen para ofrecer el negocio de la solución privada.
La juventud real queda así atrapada en la esquizofrenia argumentativa: se la acusa de “ingobernable” o “desconectada” para esconder que el sistema de mercado la ha despojado de toda certidumbre material.
Desde la perspectiva adoptada para este trabajo es necesario advertir que este tipo de construcciones se encuadran dentro de lo que se denomina “enfoque de las falencias”, nombrado más arriba, Ese enfoque se articula con la definición que han naturalizado los organismos internacionales —Banco Mundial, BID, OCDE etc.—, clasificando a la juventud como “grupo vulnerable”, lo que funciona como disparador para generar un entramado de organizaciones de la sociedad civil que se nutren con la generación de problemáticas que se retroalimetan en un círculo vicioso que lejos de traer alguna solución profundizan la crisis, porque lo que no se dice y no se ataca son las políticas que llevaron a situaciones de zozobra social a importantes sectores de la población. En ese escenario las “políticas focalizadas”, en el mejor de los casos, funcionan como precario paliativo a años luz de una verdadera trasformación social.
Pero no nos desviemos de lo que tratamos de analizar aquí, para recapitular, los dos casos analizados muestran como el signo juventud produce interpretantes, en términos de Peirce, — enfoque de la falencia; grupos vulnerables— que traerán consigo otra secuencia de signos que se manifiestan en las encuestas, titulares periodísticos, etc.
Por otra parte, también se generan mitos que proponen a la juventud como metáfora del futuro, la propia OCDE, que en pos de sus agendas prefigura la estandarización de la juventud en favor de la performatividad económica como eje fundamental de su formación al mismo tiempo que la incluye como “grupo vulnerable”.
La incertidumbre estandarizada: PISA y el individuo-empresa
La maquinaria global de estandarización educativa constituye el escenario donde la OCDE despliega su tecnología de subjetivación más ambiciosa. A través del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), se produce un nuevo desacople entre el signo juventud y el objeto real (los y las jóvenes que se sitúan entre los 15 y los 29 años). El interpretante que introduce esta organización transnacional ya no es solo la vulnerabilidad, sino la incertidumbre laboral como un destino inevitable ante el cual el sujeto debe flexibilizarse.
Como hemos investigado6 en relación con la trama discursiva detrás de los informes corporativos, un reflejo vernáculo de este dispositivo es el estudio Ocupación futura, publicado por la ONG Argentinos por la Educación en mayo de 2026. El trabajo toma las respuestas imprecisas o ausentes de los estudiantes de 15 años en la prueba PISA 2022 sobre sus expectativas laborales a los 30 años. A partir de allí, construye un indicador denominado “incertidumbre”, determinando que el 52% de los adolescentes argentinos carece de un rumbo vocacional definido.
La cobertura de los medios hegemónicos clausura el análisis crítico repitiendo titulares alarmistas como “Los jóvenes no saben qué quieren ser“. Esta operación discursiva desplaza la causalidad hacia el interior de la escuela pública. Se penaliza la vacilación propia de la edad y se la diagnostica como un déficit escolar o una carencia psicosocial del adolescente.
De este modo, el orden económico oculta sus propias responsabilidades estructurales. La precarización laboral, la informalidad y la desindustrialización —promovidas por los mismos actores que financian estas ONGs— se transforman en un problema individual.
Se le exige a la escuela que disminuya la incertidumbre subjetiva en un mercado que el propio capitalismo global ha vuelto palmariamente incierto.
El interpretante normativo de PISA diseña lo que Angélique del Rey denomina el “Hombre sin atributos”7. Se obliga al adolescente a concebir su propio futuro como una startup personal, donde debe renunciar a sus deseos y proyecciones para ser lo que el mercado necesita. Detrás de esta métrica supuestamente neutral opera un monumental aparato ideológico/político que impone el formato de la subjetividad social para los jóvenes en una carrera competitiva en la adquisición de las competencias que la propia OCDE define para “trabajos que aún no existen”, dejando de manera implícita que el éxito o el fracaso están en los propios individuos.
Una cultura que se apoya en la construcción de otros signos como: “soy mi propio jefe”, que sí pudo haber dicho algún trabajador informal, aunque luego el tratamiento mediático e incluso de algunos funcionarios gubernamentales se ocuparon de amplificar y dar en debate público; sin embargo la imagen (representación), dista mucho del objeto real (un joven en una bicicleta pedaleando por horas con una caja en la espalda con alguna comida que, en algunos casos, ni con todo el día de pedaleo, podría pagar).
Para cerrar el circuito semiótico peirciano, es necesario comprender cómo este nuevo signo (“juventud Incierta”) recobra y modifica materialmente al objeto (el joven de carne y hueso). La operación no se queda en el papel; produce un efecto de subjetivación real. Al imponer el interpretante del “individuo-empresa”, el joven real es empujado a internalizar la inestabilidad y la pérdida de derechos históricos como si fuesen “competencias personales” o desafíos individuales. El poder modifica al sujeto concreto exigiéndole certeza subjetiva y docilidad absoluta en un mundo materialmente desmantelado.
Sin embargo, esta pretensión de disciplinamiento semiótico vuelve a chocar con la experiencia de la calle. La masiva movilización de jóvenes y adolescentes en defensa de la universidad pública; en la conmemoración del día de la Memoria, Verdad y Justicia; las movilizaciones de la “Marea Verde”; la marcha del NiUnaMenos, la marcha del Orgullo y la reciente Marcha de la Bronca, demuestra que las juventudes sí proyectan su futuro a través de su participación en el presente. Su politización emerge de la resistencia colectiva y la sospecha crítica contra un sistema que los clasifica, precariza, performatiza y como en casi todas las épocas, también los cosifica.
El interpretante crítico desnuda el ideal joven de la modernidad
Para comprender la violencia con la que el Estado y los medios hegemónicos operan sobre las disidencias juveniles, es indispensable desarmar el arquetipo que la matriz colonial y moderna edificó como norma. La modernidad occidental no solo inventó la categoría de juventud como un rango etario, sino como un portador del mito del progreso, la blanquitud y el desarrollo capitalista.
En la semiosis eurocéntrica, el signo juventud funciona como la metáfora biológica de una sociedad que avanza hacia la civilización. Este signo ideal exige un cuerpo coordinado con las demandas de la performatividad económica, recostado sobre los valores de la cultura apolínea: el orden, la razón, la simetría y el “sacrificio heroico” en favor, hoy sin duda afirmamos, de la corporación empresarial — era en favor de Estado en la Antigüedad Clásica—. A este sujeto hegemónico es a quien se le concede legítimamente la moratoria social.
Para precisar el alcance de este dispositivo, resulta indispensable definir qué entendemos por moratoria social. En la sociología tradicional de la juventud, la moratoria es conceptualizada —siguiendo los planteos de Mario Margulis y Marcelo Urresti8— como un tiempo de tregua o permiso que la sociedad concede a un determinado rango etario. Es el derecho institucionalizado a estudiar, experimentar, cometer errores y transitar la búsqueda de la identidad sin la exigencia inmediata de la producción capitalista cruda o la reproducción de la vida.
El giro crítico de este trabajo radica en denunciar que dicha moratoria nunca fue una condición biológica universal, sino un bien de cambio regulado por el poder. La matriz moderno/colonial decide de manera racista y de clase a qué cuerpos les otorga esa tregua temporal y a qué otros se la niega desde el nacimiento.
La historia argentina reciente devela el carácter utilitario y descartable de esta matriz. Un hito insoslayable de esta manipulación semiótica se corporizó en los soldados de Malvinas.
La última dictadura cívico-militar vació al objeto real —jóvenes precarizados de barrios populares y del interior profundo— para forzarlos a encarnar el interpretante del héroe apolíneo, funcional a la falsa retórica nacionalista del terrorismo de Estado.
Sin embargo, tras la derrota, esos cuerpos rotos por el frío y el horror quebraron la simetría del espejo apolíneo. La pedagogía mediática y el poder político operaron una mutación inmediata del signo: los héroes fueron degradados al interpretante de “los loquitos de Malvinas” o “los chicos de la guerra”. Esta infantilización y psiquiatrización discursiva clausuró su condición de sujetos políticos y obturó la discusión estructural sobre el carácter de la guerra y el nefasto contexto en que se decidió.
En el capitalismo tardío, esta matriz apolínea se radicaliza mediante la cosificación absoluta del cuerpo juvenil a través del consumo. El signo Juventud se independiza de los sujetos reales para transformarse en un estereotipo publicitario y en una mercancía estética de carácter obligatorio. La pedagogía del mercado impone el imperativo de la juventud eterna, empujando a los sujetos a un disciplinamiento biopolítico riguroso que va desde dietas extremas e intervenciones quirúrgicas hasta prótesis, rellenos de labios y cirugías de modelado corporal.
Esta operación de consumo devela una paradoja; el poder despoja de sus derechos al joven real de carne y hueso, mientras fetichiza su envase estético para vendérselo a la edad adulta. Quien no puede costear o encarnar ese simulacro de perfección aséptica y consumo es expulsado del signo. Así, la juventud mercantilizada funciona como un dispositivo de clasificación social que mide la valía de los cuerpos según su capacidad de adaptación al mercado.
El signo decolonial en el territorio ancestral: los casos de Maldonado y Nahuel
La teoría decolonial demuestra que el estatus de juventud es una propiedad geopolítica administrada por el poder moderno/colonial. En el Sur global, la línea de lo humano que describe la colonialidad del ser opera dividiendo qué sujetos tienen derecho a habitar la categoría de jóvenes y cuáles son expulsados hacia el espacio punitivo.
Cuando un cuerpo racializado, subalternizado o militante reclama para sí el signo juventud, el dispositivo hegemónico se descompone. Al no encajar en el interpretante del disciplinamiento o del individuo-empresa, ese joven real deja de ser un sujeto de derecho o un objeto de cuidado pedagógico, incluso se aleja de la tipificación de integrar el “grupo vulnerable”.
El sistema lo despoja de su condición de juventud y activa de inmediato el código penal y el dispositivo que lo configura en el Otro.
Es en esta frontera epistémica donde la violencia simbólica de las taxonomías del poder y la manipulación de la pedagogía mediática mutan, finalmente, en violencia “soberana”, por ejemplo, sobre los territorios ancestrales.
Los casos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, ocurridos, en nuestra historia reciente, en el contexto de la violenta represión estatal a las comunidades mapuches en la Patagonia, funcionan como emblemas que materializan este despojo del signo.
El caso de Santiago Maldonado devela el castigo que el poder reserva para quien comete lo que podemos denominar una traición epistémica. Santiago, por su corporalidad blanca y su procedencia urbana, portaba los atributos que le permitían habitar legítimamente la moratoria social de la juventud contracultural, el arte y el nomadismo artesano.
Sin embargo, al solidarizarse activamente con la recuperación de tierras de la comunidad Mapuche en Cushamen, rompió el pacto de docilidad que el signo ideal de la modernidad le exigía.
La pedagogía mediática operó el despojo inmediato de su estatus de “joven ciudadano” para reescribir su cuerpo bajo los signos del “anarquista violento”, el “vago” o el “subversivo”. Se corrió del signo juventud occidental y la respuesta del Estado fue la represión ilegal ejercida por la Gendarmería nacional, sobre los cuerpos de los integrantes de la comunidad mapuche, que reclamaba por su territorio —apropiado por el grupo Benetton sobre otra dudosa tenencia escrituraria preexistente de la firma británica Argentinean Southern Land Company en 1896— y la sospechosa desaparición durante más de 70 días, seguida de muerte del joven Santiago Maldonado que acompañaba la protesta por las tierras ancestrales.
Apenas unos meses después, el asesinato de Rafael Nahuel expuso la colonialidad del ser en la negación originaria del signo juventud. Rafita era un joven de un barrio popular de Bariloche, precarizado, que se encontraba reconstruyendo su identidad ancestral y comunitaria junto a la lof Lafken Winkul Mapu.
Sobre su cuerpo racializado nunca operó la moratoria social ni la paciencia pedagógica que la doxa institucional reserva para los sectores hegemónicos. El aparato estatal y mediático activó de inmediato el dispositivo de la alteridad radical, etiquetándolo como un “terrorista” miembro de una supuesta organización armada — Resistencia Ancestral Mapuche (RAM)— producto del delirio del funcionariato gubernamental.
Despojado por completo de la categoría de joven y reducirlo al signo del “salvaje usurpador“, el poder legitimó su eliminación física mediante un disparo por la espalda perpetrado por integrantes de la Prefectura Naval Argentina.
En términos de la semiótica peirciana, los asesinatos de Maldonado y Nahuel demuestran cómo el poder clausura la semiosis mediante la violencia física sobre el objeto real. El Estado y la pedagogía mediática producen interpretantes de peligrosidad y alteridad radical para justificar la supresión de los cuerpos que desobedecen la norma. Cuando el joven de carne y hueso se niega a habitar el signo de la docilidad mercantil o de la exclusión pasiva, el sistema moderno/colonial abandona la simulación pedagógica de las encuestas o las taxonomías escolares y despliega su arsenal de violencia, demostrando que la invención de la juventud es, fundamentalmente, una estrategia de control poblacional y disciplinamiento fronterizo.
A modo de conclusión
A lo largo de este trabajo — acotado por razones de edición, puesto que han quedado otros determinantes semióticos como el tecnológico y la perspectiva de género, entre otros, para recorrer— hemos demostrado que la definición de la juventud constituye un territorio en permanente disputa semiótica y política. Si en la introducción planteábamos, a través de Peirce y Molina Derteano, la existencia de un desacople intencional entre el signo (“Juventud”) y el objeto real (los jóvenes de carne y hueso), la intervención de los dispositivos estatales; corporativos —donde incluimos organizaciones de la sociedad civil (ong y fundaciones)— y de seguridad nos revela el sentido profundo de ese hiato.
El poder necesita vaciar al sujeto real para llenarlo con Interpretantes degradantes —la apatía, la incertidumbre, la ingobernabilidad o la alteridad radical (racializada)— que legitimen el control social, la precarización laboral y la violencia física y simbólica.
El recorrido analítico devela la hipocresía constitutiva de la modernidad colonial/capitalista. El sistema fetichiza un signo ideal de juventud apolínea, estética y dócil al consumo de la “juventud eterna”, mientras despoja de la moratoria social a los cuerpos reales. Ya sea mediante la psiquiatrización discursiva de los pibes de Malvinas, la exclusión clasista en las escuelas de los barrios populares o la eliminación física de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel en el territorio ancestral.
El Estado y la pedagogía mediática operan bajo un mismo racismo semiótico el de decidir qué vidas jóvenes portan la promesa de futuro y cuáles son tratadas como desecho descartable.
Frente a esta maquinaria de desposesión que busca formatear a las nuevas generaciones bajo el molde del “hombre sin atributos” adaptado a la precariedad, la respuesta política emerge desde abajo.
Como testimonian la Marea Verde, la Marcha de la Bronca o las masivas movilizaciones estudiantiles en defensa de la escuela y la universidad públicas —y las nombradas más arriba y tantas otras protestas que nos quedaron en el “tintero” de las luchas juveniles— con la multitudinaria participación de jóvenes; la supuesta apatía queda desmentida en la experiencia viva de la calle. Es en la politización de la sospecha y en la organización colectiva donde las juventudes reales recuperan su presente, rompen el telón de los indicadores estandarizados y disputan el derecho a nombrar su propio destino.
Darío Balvidares es Profesor y Licenciado en Letras (egresado de las FFyL-UBA) investigador en política educativa e integrante del colectivo editorial Huella del Sur. Docente con 30 años de antigüedad en la escuela Escuela de Comercio Nº 3 Hipólito Vieytes (CABA) de la que se jubiló como rector en octubre de 2015.
Referencias
1 En la semiótica de Charles S. Peirce la tríada comporta los siguientes elementos: el representamen (el signo o la forma en que percibimos), el objeto (la realidad a la que alude el signo) y el interpretante (el significado o la idea que se forma en la mente del receptor)
2 Molina Derteano, P. (2013). “La juventud es más que un signo. Aproximaciones al enfoque de las falencias y a la vulnerabilidad juvenil“. En La Trama de la Comunicación.
3 Bourdieu, P. (2002). “La ‘juventud’ no es más que una palabra“. En Sociología y cultura. México: Grijalbo.
4 Balvidares, D. “Detrás de la noticia: una encuesta, una ONG y la pedagogía mediática“. Huella del Sur (marzo 2026).
5 Balvidares, D. “La crisis educativa como pre-texto reformista y espejo de la desposesión social”. Huella del Sur. (abril 2026).
6 Balvidares, D. “La trampa discursiva detrás del informe de Argentinos por la Educación”. Huella del Sur. (mayo 2026).
7 Del Rey, A. (2012). Las competencias en la escuela: Una visión crítica del rendimiento escolar. Editorial Paidós
8 Margulis, M. y Urresti, M. (1996). La juventud es más que una palabra. En M. Margulis (Ed.), La juventud es más que una palabra: Ensayos sobre cultura y juventud (pp. 13-30). Editorial Biblos.
Publicado en el Dossier. Jóvenes en tiempos de cólera. Pensar y actuar más allá del algoritmo en Huella del Sur (3/11/2026)


