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viernes, 6 de marzo de 2026

Educando al mandatario o la trampa antropológica

 

La moral de Occidente como política de Estado y la urgencia de una pedagogía decolonial.

La moral como política de Estado”, escribió el presidente en el libro de honor al inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso, apelando a los supuestos “valores de Occidente” como fundamento de su proyecto.

Filosofía griega, derecho romano, estoicismo y judeo-cristianismo: un canon eurocéntrico que se presenta como universal, pero que funciona y ha funcionado como dispositivo de exclusión. El ejemplo que resuena hoy: la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Esa invocación, que no es la primera vez que el mandatario utiliza —como recordaremos— para darle un marco teórico a sus actos de gobierno, construyó la semiótica del poder que se consolidó tras el genocidio de la llamada Conquista de América, donde la violencia se justificó en nombre de una civilización superior.

Desde entonces, la educación en el racismo y la xenofobia ha sido naturalizada, produciendo lo que hoy reconocemos como injusticia epistémica: la negación sistemática de otras memorias, saberes y genealogías culturales.

Cuando el mandatario insiste en este marco repite el mandato imperial, pero en su cara colonial: reproduce la ignorancia como política de Estado. Ignorancia como núcleo conceptual de la colonialidad del saber.

Decíamos que, no era la primera vez que el mandatario insistía con la idea de “Occidente”, ya en su discurso, también regado de insultos y diatribas —como en el parlamento—, en España, durante el Madrid Economic Forum en 2025, utilizó esta noción, afirmando que en Argentina “volvimos a abrazar los valores de Occidente(…) abrazar la cultura judeo-cristiana, reconocer al dios de Israel y en lo político la república romana y la democracia griega. Eso constituye la democracia liberal que venimos a defender en los valores de Occidente…”. Complaciente con su conciencia colonial y el lugar que ocupa en la clasificación “occidental”, se manifiesta como un hijo dilecto del pensamiento expoliador y esclavista.

El señor presidente pretende instalar como política de Estado una moral que se presenta como ética universal, pero que en realidad es el residuo de una genealogía corrupta.

La apelación a Grecia, Roma, el estoicismo y el judeo-cristianismo es la repetición acrítica de un canon, construido y manipulado, más allá de los pensadores greco-romanos, para crear el concepto de Occidente sobre el que se erigió la violencia colonial, la negación y extinción de otras culturas y pueblos que habitaban Abya Yala.

Siguiendo a Aníbal Quijano, podemos afirmar que el Renacimiento, su “Dios”, la trascendencia del “Yo” configurarán el ademán geopolítico que prefigura el eurocentrismo. La periferia de la llamada “América” como el lado “salvaje” de la construcción de una “Europa” civilizada; Europa/América; modernidad/colonialidad. Este último concepto, colonialidad, ha sido absolutamente necesario (aunque encubierto) para que la llamada modernidad tenga entidad, pueda ser.

Como advierte Quijano, la colonialidad fue condición de posibilidad de la modernidad; Enrique Dussel y Walter Mignolo muestran cómo ese canon eurocéntrico se institucionalizó como verdad universal, ocultando su origen violento.

Y como señaláramos en otros artículos, la noción de Occidente —como expresión del eurocentrismo— ha sido utilizada históricamente para justificar el genocidio en América, la imposición de la colonialidad del poder y la construcción de sistemas de dominación económica en nombre del cristianismo, primero y de la “modernidad”, después.

El señor presidente pretende presentar “Occidente” como una estructura homogénea de valores que sostienen la democracia liberal, cuando en realidad la modernidad occidental ha sido el resultado de guerras, exclusiones y apropiaciones forzadas que dieron origen a la “acumulación originara” como lo explicó Carlos Marx.

La referencia a la cultura judeo-cristiana en el discurso del mandatario ignora que los judíos fueron expulsados de España en 1492, en un proceso de limpieza étnica que consolidó la hegemonía cristiana sobre el Estado.

No hubo en la historia una convivencia armónica entre las tradiciones judía y cristiana bajo el paradigma occidental, sino una relación marcada por persecuciones, exilios y subordinación. El uso estratégico de este concepto por parte del mandatario opera como una manipulación semiótica que refuerza la idea de que “Occidente” es un bloque histórico indivisible, cuando en realidad es una construcción ideológica y geopolítica al servicio del poder.

Es la propia semiótica la que nos permite analizar cómo Milei utiliza símbolos y narrativas para reforzar una visión del mundo que legitima la concentración del poder y la eliminación de cualquier resistencia.

Su discurso descalificador, provocador y amenazante es un instrumento de validación de la violencia epistémica, que anula o descalifica otras formas de conocimiento y de ver el mundo.

Los gobiernos libertarios, inscriptos en la ultraderecha, utilizan el Estado como instrumento de disciplinamiento para destruir cualquier resistencia y ponerlo, plenamente, al servicio de los grandes capitales corporativos.

Insistir en esos valores es retroceder hacia una moral degenerada, funcional a la reproducción de la ignorancia: la otra cara de la violencia epistémica, como política de Estado.

Lo que se exhibe como virtud es, en verdad, la pedagogía de la injusticia epistémica: un mandato que educa en la exclusión y en la naturalización del racismo y la xenofobia. Decimos pedagogía porque la gestualidad política, como lo venimos sosteniendo en nuestros análisis, es pedagógica, tiene un mensaje que pretende “educar” al mandante, es decir, a la población.

El mandatario no inventa nada, repite un guion viejo, el de la colonialidad del poder. Su apelación a Occidente es obediencia. Y en esa obediencia se revela la moral degenerada que pretende universalizar. La tarea crítica no es corregirlo, sino desenmascarar la semiótica que lo sostiene y afirmar la urgencia de una política y una pedagogía decolonial.

La batalla cultural no es contra el delirio presidencial, los agravios e insultos, sostenido por propios y prestados en sentido amplio —dirigentes políticos, diputados, senadores, jueces, fiscales, empresarios, periodistas y un largo etc.—; una “batalla cultural” que en realidad, intenta imponer como modelo el cinismo, la fake news, el oprobio, la provocación, la imposición de instrumentos de ajuste a través de la represión y lo peor, un marco teórico de devastación: la moral que esgrime quien “celebra” el bombardeo estadounidense/israelí en Irán; acuerda con el genocidio palestino e impulsa los valores éticos de Occidente.

La batalla es decolonial y está en nosotrxs, en poder comprender que esos valores de Occidente, fueron el germen de la pandemia capitalista y quien pretenda dar una “batalla cultural” dentro de los propios cánones impuestos por la colonialidad del poder queda atrapado en los pliegues del canon occidental.

La “batalla cultural” es una trampa antropológica si la lucha se inscribe en el mismo parámetro epistémico colonial moderno/capitalista.

La ruptura epistémica contra los valores de Occidente y la semiótica del capital, primero es decolonial, y debe funcionar como marco teórico ampliado de la lucha de clases que nos conduzca hacia modelos de socialización humanizados en el que emerja una nueva hegemonía, desde abajo.

Imagen de portada: Flpr.news

Publicada en Huella del Sur 5/03/2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Educación: del comunicado oficial al dispositivo de control y propaganda

 


El Ministerio de Capital Humano difundió en la red X un comunicado de tinte acusatorio contra la inspectora escolar del Colegio St. John’s School de Pilar, acusándola de “adoctrinamiento” por haber tipificado, en un acto escolar, la política migratoria de Donald Trump “de rechazo a lo diferente” y celebrado la performance de Bad Bunny en el Super Bowl en una manifiesta concepción de apertura a lo diverso.

La escena, ocurrida frente a alumnos de primaria, fue convertida en espectáculo digital por el propio gobierno. El posteo se transforma en trending topic y la escuela en territorio vigilado.

Este gesto de la ministra de Capital Humano, posteando el comunicado es un acto de disciplinamiento público, pero además funciona como instrumento de contienda política contra el gobierno de la provincia de Buenos Aires.

La imposición y el control simbólico son los pilares de una didáctica que convierte la educación en escenario de obediencia y espectáculo. El comunicado ministerial reactualiza esa matriz con las herramientas de la tecnología. La denuncia como propaganda del poder y el aula en escenario de control.

El cinismo del adoctrinamiento

El contraste es evidente. Mientras se persigue a una inspectora por un comentario crítico, que además, a todas luces es verdadero, — solo hay que escuchar a Trump o ver como actúa el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE)— el propio presidente despliega discursos abiertamente ideológicos frente a estudiantes, como lo analizo en mi artículo, La pedagogía del opresor y la didáctica de la egolatría, cuando en el ya lejano marzo de 2024, el señor presidente abría el año lectivo en el Colegio Cardenal Copello de Villa Devoto en la Ciudad de Buenos Aires.

En esa oportunidad, en que también estaba presente, la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello y el secretario de Educación, Carlos Torrendell,  el señor presidente en su discurso frente a los estudiantes (dos sufrieron desmayos) calificó al aborto como “un asesinato agravado por el vínculo”, denostó a los “asesinos de los pañuelos verdes” y afirmó que podía demostrarlo “desde una perspectiva matemática, filosófica, liberal y biológica”— sin dudas, un sofisma—. Con esas palabras, violó la Ley de Educación Sexual Integral, que garantiza un abordaje científico y respetuoso de los derechos y estaba adoctrinando al alumnado, con la didáctica de la “egolatría”, porque la historia pasaba solo por él (tal vez esa fuera una táctica para ejemplificar las “virtudes” del individualismo; de lo que no cabe duda es que se erigió como el prisma de la historia. Cosa que tiene poco de objetivo y/o neutral.

En el mismo acto, se jactó de haber dicho, a los asistentes, en el foro de Davos en enero de ese año: “ustedes son todos unos zurditos”, y explicó que la “rebelión natural tenía que ser liberal” porque la educación pública es un “mecanismo de lavado de cerebro” con contenidos “recontra rojos”. Allí no hay neutralidad, ni objetividad ni respeto por la pluralidad. Es, sin lugar a dudas, adoctrinamiento explícito, con agravios directos y descalificaciones como parte del repertorio pedagógico presidencial.

El cinismo brutal con que se persigue a lxs docentes —en este caso puntual, una inspectora con postura crítica— mientras se legitima que el presidente convierta una escuela en tribuna ideológica, ante la mirada emocionada de la ministra y el rostro complaciente del secretario; ya tiene visos de perversión. 

El derrotero gubernamental no es defender la supuesta objetividad del conocimiento, que por otra parte no existe, como queda demostrado en el discurso “pedagógico” del señor presidente, sino que  el concepto ha funcionado en Educación —durante los gobiernos autoritarios sean dictaduras o producto de democracias fallidas— como un eslabón instrumental  para imponer obediencia y deslegitimar la palabra pedagógica que incomoda, la palabra crítica que el docente debe sostener, de ahí la importancia de la educación pública donde se encuentran y conviven —no sin conflicto— la pluralidad de voces, con sus propias vivencias, creencias, opiniones, en definitiva ideologías. Es por eso que el conocimiento que se construye en la escuela pública es colectivo, que alimenta el crecimiento intelectual, de ahí la importancia de los contenidos escolares abordados de manera crítica, no automática ni ingenua ni con la neutralidad que propuso el señor presidente, justamente cuando refiriéndose a la dictadura genocida y al terrorismo de Estado, les dijo a los alumnos: “…lean con espíritu crítico los dos lados de la biblioteca”, alentando la teoría de los dos demonios, obviando los juicios de lesa humanidad que todavía continúan, eso no es “espíritu crítico” es legitimar el terrorismo de Estado.

La genealogía del disciplinamiento

Este clima político no surge de la nada. En 1977 —justo cuando el señor presidente entraba a primer grado, según dijo en su discurso “pedagógico” en el Copello— la dictadura genocida publicó el documento “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, un libelo donde se definía al docente crítico como enemigo interno y se legitimaba la persecución en las escuelas. Aquella pedagogía del terror buscaba domesticar el aula, convertirla en espacio de obediencia y silencio.

Hoy, el lenguaje cambia pero la lógica persiste. Lo que antes se llamaba “subversión” ahora se denomina “adoctrinamiento”. Lo que antes se imponía con fichas de inteligencia y partes policiales, ahora se amplifica con videos virales y comunicados en redes sociales, con un uso tecno/ideológico que nos convierte a todxs en sospechosos.

Ser críticos del discurso hegemónico y del sistema que tiende a la estandarización de la subjetividad social desde la imposición de la colonialidad del saber es suficiente para ser perseguido, denostado o criminalizado.

Memoria como resistencia

Frente a este cinismo perverso, la memoria se hace pedagogía crítica. Recordar el libelo persecutorio de la dictadura para “cazar” docentes y estudiantes  es advertir que la historia no se repite, pero engendra bajo sus pliegues nuevas formas de “asesinar” al pensamiento crítico. La pedagogía del opresor se recicla bajo la mascarada de la defensa de la “libertad”, pero con el mismo objetivo: controlar la escuela y silenciar la crítica.

Estamos en las vísperas de que se cumplan los 50 años de la dictadura que instrumentó el terrorismo de Estado como sistema de gobierno. La conmemoración por la Memoria, la Verdad y la Justicia en las escuelas no puede ser un ritual escolar vacío o edulcorado, ni traspapelado con la teoría de “los dos demonios”; debe ser advertencia y compromiso.

La educación no puede ser campo de guerra ni escenario de propaganda de un gobierno que se arroga el monopolio ideológico, bajo el velo de la “objetividad”.

Sí, la educación es política y el debate sobre el conocimiento es profundamente ideológico, desde los comienzos de la escuela y el debate del Congreso Pedagógico de 1882 que dio origen a la Ley 1420 de educación común, gratuita, obligatoria y laica en 1884 (aunque fue beneficiosa para la alfabetización de toda la población, fue sancionada por necesidades propias del elitismo de la nueva burguesía — ver “1420 ley de educación común, la otra trama del mito” —).

Época —admirada por el señor presidente— de la que tendríamos mucho para debatir, pues es la de la Generación del 80, la elite que consolida un modelo de apropiación económica y la que ya había consagrado el primer genocidio autóctono y naturalizado la conciencia racista y xenófoba como parte de un modelo cultural excluyente y eurocéntrico.  

La educación pública es territorio de emancipación y de la palabra crítica, un derecho irrenunciable; la escuela, su primer puesta es escena colectiva. La disputa política por la gobernanza de la educación es ideológica, de hecho el rumbo que le están dando a la educación, las decisión de limitar (o eliminar) las Ciencias Sociales y la Humanidades, ¿no es acaso una posición ideológica?

¿No es una posición ideológica decir que están suplantando el “Estado educador” por la “sociedad educadora”, así entra en consonancia con las políticas de mercado que viene llevando a cabo el gobierno y se consolidan las fundaciones empresariales, las empresas EdTech, las ONG’s como actores principales de la gobernanza de la educación?

¿Entonces, por qué la pretensión de sancionar a la inspectora, como en este caso, por opinar sobre las decisiones de Donald Trump con su política, indudablemente racista y xenófoba, de migración y celebrar la misma ministra, Sandra Pettovello, los oprobios presidenciales, vertidos en la “clase magistral” que dio el señor presidente en marzo de 2024?

Existe una desconexión perversa entre “lo ideológico permitido” y “lo ideológico no permitido”: lo que el señor presidente tiene permitido; un docente no lo tiene permitido.

Decididamente: ¡la ética ha muerto!

Imagen de portada realizada con la IA Copilot.

Publicado en Huella del Sur