La ofensiva contra Venezuela y la narrativa que la sostiene forman parte de una genealogía más amplia de documentos estratégicos que marcaron la política estadounidense hacia Latinoamérica. El NSSM-200 (National Security Study Memorandum 200) fue un informe secreto elaborado en 1974 bajo la dirección de Henry Kissinger, entonces Consejero de Seguridad Nacional y Secretario de Estado de EE.UU. Allí se vinculaba el crecimiento poblacional en países del Sur con la seguridad nacional norteamericana y, sobre todo, con el acceso a recursos estratégicos como petróleo y minerales.
Años más tarde, las Cartas de Santa Fe (1980–1984) profundizaron esa lógica, articulando la necesidad de garantizar la apropiación de recursos naturales con la intervención en los sistemas educativos y culturales de la región. La doctrina no se limitaba a la economía: proponía moldear subjetividades, instalar valores “occidentales y cristianos” y neutralizar cualquier proyecto autónomo.
En este marco, conceptos como la epistemología de la ignorancia, la injusticia epistémica, la pedagogía del sometimiento y la acumulación por desposesión (David Harvey) permiten leer la coyuntura venezolana actual como continuidad de esa estrategia. La invención del “cartel de los Soles” y la insistencia en que el petróleo “pertenece” a Estados Unidos son expresiones contemporáneas de un mismo patrón: producir falacias, deslegitimar voces locales y justificar la intervención bajo el signo de la seguridad nacional.
Esta línea de análisis se enlaza con lo que desarrollé en mi artículo anterior, “Milei, el topo y la epistemología de la ignorancia”, donde examiné cómo esas mismas categorías críticas se aplican a la política argentina. Allí señalé que la producción deliberada de desconocimiento y la deslegitimación de saberes locales funcionan como dispositivos de poder que atraviesan tanto las narrativas de intervención internacional como las estrategias de disciplinamiento interno.
Epistemología de la ignorancia y colonialidad del saber
La genealogía de documentos como el NSSM-200 y las Cartas de Santa Fe muestra que la dominación no se ejerce únicamente mediante la fuerza militar o la apropiación económica, sino también a través de la producción de desconocimiento. La epistemología de la ignorancia describe cómo se fabrican narrativas que ocultan la violencia y legitiman la intervención. En Latinoamérica, esa operación se enlaza con la colonialidad del saber, esto es la imposición de marcos interpretativos externos que deslegitiman las memorias y experiencias locales, mientras se presentan como verdades universales.
La acusación contra Nicolás Maduro basada en el supuesto “cartel de los Soles”, como una organización narco, es un ejemplo contemporáneo de esa lógica. El propio Departamento de Justicia de Estados Unidos debió reformular su narrativa al no poder sostener la existencia de la organización, pero la falacia ya había cumplido su función, ya había instalado la idea de un enemigo criminal que justificara sanciones y acciones de fuerza. La “ignorancia”, en este caso, es el producto de la construcción deliberada de un relato que invisibiliza la soberanía venezolana y naturaliza la intervención.
La paradoja se vuelve más cruda cuando gran parte de exiliadxs venezolanxs celebra la irrupción de fuerzas de intervención estadounidenses en su país como el “camino a la libertad”, aun cuando esas operaciones produjeron muertes y profundizaron la crisis. Ese festejo revela la eficacia de la colonialidad del saber: aceptar como emancipación lo que en realidad es sometimiento, reproducir como verdad la narrativa del poder imperial y deslegitimar las voces que denuncian el saqueo. La pedagogía del sometimiento se expresa aquí en su forma más descarnada por la transferencia semántica de la violencia en promesa de futuro.
Injusticia epistémica y la construcción del enemigo
La injusticia epistémica se manifiesta cuando ciertos sujetos o comunidades son sistemáticamente deslegitimados como portadores de conocimiento válido. En el caso venezolano, la invención del “cartel de los Soles” funcionó como dispositivo de deslegitimación, puesto que se instaló la idea de una organización criminal sin pruebas, y se convirtió en argumento para sanciones e intervenciones directas: intercepción y secuestro de buques, destrucción de embarcaciones de pesca y su tripulación con el argumento de narcotráfico, jamás probado, justamente porque eran bombardeadas y destruidas las mismas embarcaciones que podrían utilizarse como prueba si se descubriera en ellas la existencia de drogas.
En el caso puntual del secuestro de Maduro, como jefe del “cartel los Soles”, la retractación posterior del Departamento de Justicia de Estados Unidos no repara el daño, porque la narrativa ya circuló y cumplió su función política, y sobre todo comunicativa.
La injusticia epistémica opera también, como dijimos, en la paradoja de lxs exiliadxs. Allí se observa cómo la colonialidad del saber logra que las víctimas de la violencia simbólica reproduzcan la lógica del dominador, aceptando como emancipación lo que implica sometimiento.
La credibilidad se otorga a los discursos imperiales y se niega a las voces que denuncian el saqueo y la represión. La injusticia epistémica se expresa en esa operación de otorgar credibilidad exclusiva a las narrativas del poder y de la hegemonía mediática que sostienen la violencia.
La producción de enemigos ficticios cumple la función de disciplinar poblaciones y legitimar la intervención. La injusticia epistémica es un mecanismo central de la dominación.
Pedagogía del sometimiento
La dominación no se sostiene únicamente en la fuerza militar o en la presión económica, también requiere de un entramado cultural y educativo que naturalice la subordinación. Esa es la función de lo que podemos llamar pedagogía del sometimiento: un dispositivo que moldea subjetividades para aceptar como legítima la intervención externa y como inevitable la pérdida de soberanía.
Las Cartas de Santa Fe fueron explícitas en este punto. No se limitaron a recomendar políticas económicas, sino que insistieron en la necesidad de reorientar la educación y la cultura latinoamericanas hacia valores “occidentales y cristianos”. La escuela, los medios y las iglesias debían convertirse en espacios de disciplinamiento, capaces de neutralizar cualquier proyecto emancipador. La pedagogía del sometimiento se diseñaba como estrategia de largo plazo: formar generaciones que conciban la dependencia como destino natural.
Podemos arriesgar que son los ecos de la autopercibida “Conquista de América” — la cara colonial de lo que llamaron “modernidad”; del otro lado, la cara oculta de las atrocidades materiales y simbólicas aparece como colonialidad con su pedagogía del sometimiento que se enmascara en la injusticia epistémica.
En la coyuntura venezolana, esa pedagogía se expresa en la narrativa de que el petróleo “pertenece” a Estados Unidos y que su “recuperación” es condición para la libertad. Donald Trump y Marco Rubio repiten esa falacia como si fuera un axioma, y gran parte de lxs exiliadxs la reproduce celebrando la irrupción de fuerzas extranjeras. La paradoja es brutal: se festeja la violencia como emancipación, se acepta el saqueo como camino a la democracia. La pedagogía del sometimiento logra que la irrupción sangrienta y el secuestro de Nicolás Maduro se perciba como promesa de un futuro mejor.
La eficacia de este dispositivo radica en su capacidad de instalar un horizonte simbólico donde la dependencia se confunde con libertad. La repetición mediática, la legitimación de una parte de la sociedad y la circulación en redes sociales consolidan un sentido común que convierte la subordinación en aspiración. La pedagogía del sometimiento es su condición de posibilidad.
Acumulación por desposesión
La expansión del capital en las últimas décadas no se explica únicamente por la producción industrial o el comercio global. David Harvey lo conceptualizó como acumulación por desposesión; como un proceso en el que los bienes comunes, los recursos naturales y los derechos sociales son expropiados y convertidos en mercancías bajo control privado. La desposesión es un mecanismo estructural del capitalismo.
En Latinoamérica esta lógica se expresó en las privatizaciones de los activos nacionales, en la apertura indiscriminada de mercados y en la subordinación de los Estados a organismos financieros internacionales —para no abundar—. Los documentos de Santa Fe anticiparon esa dinámica al insistir en que el acceso a petróleo, minerales y energía debía ser garantizado como interés permanente de Estados Unidos. La doctrina vinculaba directamente la seguridad nacional de Estados Unidos con la apropiación de recursos, y proponía reconfigurar las economías latinoamericanas para asegurar ventajas comparativas en exportación.
La coyuntura venezolana actual reactualiza ese plan de apropiación. La narrativa de que el petróleo “pertenece” a Estados Unidos y que su “recuperación” es condición para la libertad constituye un ejemplo claro de acumulación por desposesión. La falacia no se limita a justificar sanciones o intentos de invasión, también instala un horizonte simbólico donde el concepto de soberanía nacional se disuelve y los recursos estratégicos se conciben como propiedad externa. La violencia material —muertes, bloqueos, saqueo— se legitima mediante una violencia simbólica que convierte la expropiación en promesa de democracia.
La acumulación por desposesión se sostiene en la pedagogía del sometimiento y en la injusticia epistémica. Se moldean subjetividades para aceptar la subordinación, se deslegitiman voces disidentes y se fabrican enemigos ficticios. El resultado es un modelo que necesita producir falacias para sostener su expansión, y que encuentra en la intervención sobre Venezuela un capítulo más de su larga historia de apropiación y disciplinamiento.
Una versión decolonial del presente y de la historia
Pensar el presente desde Latinoamérica exige desmontar esas narrativas que el poder imperial ha instalado como verdades. La epistemología de la ignorancia, la injusticia epistémica, la pedagogía del sometimiento y la acumulación por desposesión son dispositivos concretos que han operado como plan sistemático de apropiación en la historia reciente de los Estados Unidos desde el NSSM-200 y las Cartas de Santa Fe hasta la coyuntura venezolana actual. La invención del “cartel de los Soles” y la falacia de que el petróleo “pertenece” a Estados Unidos son expresiones contemporáneas de esa misma matriz, tan verosímiles como las justificaciones de la Guerra del Golfo; las armas nucleares en Irak para perpetrar el secuestro y fusilamiento de Sadam Husein y tantos otros desaguisados que tienen la misma verosimilitud de las películas hollywodenses.
La paradoja más dolorosa es la de un inmenso colectivo de exiliados y no exiliados venezolanos, y también de muchos argentinos, que celebran la irrupción de fuerzas extranjeras como “salvación”. Esa celebración prescinde del recorrido imperialista de Estados Unidos, archiconocido por sus invasiones directas y por su complicidad en golpes de Estado, en cumplimiento del Plan Cóndor, que dejó una marca indeleble en nuestra historia con la dictadura genocida en Argentina. La memoria de esas violencias debería ser suficiente para cuestionar cualquier narrativa que presente la intervención externa como emancipación.
Frente a esa pedagogía del sometimiento, se vuelve urgente instalar una epistemología de la socialización: un marco que recupere las memorias locales, que legitime los saberes colectivos y que permita debatir desde una versión decolonial del presente y de la historia. La tarea es abrir un espacio donde la crítica se convierta en acción política.
La pedagogía crítica, entendida como práctica militante, es el camino para transformar la denuncia en emancipación. Una acción política que atraviese medios, redes, organizaciones y territorios. Solo desde allí podremos construir un discurso contrahegemónico capaz de enfrentar la colonialidad del saber y de proyectar un horizonte emancipador en el que la memoria de nuestras luchas se convierta en fuerza de futuro.
Una cita final
Antes de la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, la pobreza en Venezuela alcanzaba niveles extremos: cerca del 80% de la población vivía en condiciones de pobreza, con una desigualdad profunda y una economía dependiente del petróleo que beneficiaba principalmente a las élites y empresas extranjeras.
“Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo, la pobreza aumentó drásticamente al inicio de los años 80, con un incremento del 150% respecto a 1980 en términos de incidencia, exacerbado por recesiones económicas. Para finales de la década de 1990, más de dos tercios de la población vivía por debajo del umbral de pobreza, según informes de la época. Un estudio del Banco Mundial confirma que la incidencia de la pobreza creció significativamente durante los años 80 y 90, pasando de alrededor del 50% en 1992 a cifras aún más altas hacia finales de la década, antes de la llegada de Chávez. En 1999, aproximadamente el 67% de la población se encontraba en situación de pobreza, con un 35% en pobreza extrema, de acuerdo con fuentes del Departamento de Estado de EEUU (…) El ascenso de Hugo Chávez en 1999 no fue fortuito, sino la respuesta a un largo proceso de conciencia colectiva contra la exclusión y la corrupción (…) Por ello, el proceso bolivariano ha mantenido un apoyo popular significativo y una base social sólida, a pesar de los desafíos posteriores”. Tomado del artículo de Ricardo Guerrero (8-1-2026).
Rescato de aquel 1999 —además de los argumentos estadísticos, que dan cuenta del estado social en Venezuela, tomados de las propias instituciones imperiales— la idea del proceso —agrego— decolonial de conciencia colectiva, estado que se alcanza porque la pedagogía del sometimiento y sus componentes epistemológicos implosionaron en su propia ficción retórica. ¡Sucedió aquella vez!
Imagen de portada: mvsnoticias.com
Publicado en Huella del Sur 11-1-2026
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